
Aquí está, la nueva entrega de Nach, con todo su inconfundible carácter y fertilidad. Cuando parecía difícil seguir escalando en su apabullante construcción de épica lírica, sello de la casa, de nuevo vuelve a conseguirlo. Sus odas, porque eso son sus canciones, pueden elevarse hasta un verdadero éxtasis de vocablos cargados de imágenes y sensaciones. La presencia y sonoridad de su majestuosa voz, su virtuosismo en la descarga, su emoción en la entrega, son un auténtico lujo.
Nach mantiene vigilia ante la frivolidad y materialismo que ha ido contaminando un movimiento que ponía palabra a la alienación de la calle. Lo que en un principio fue un necesario juego compensatorio para agrandar los egos maltrechos por déficits sociales, se ha dio confundiendo por una prepotencia de pose que precisamente nutre lo que denunciaba.